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lunes, 25 de marzo de 2013

La campana de Tarkovski

¿De qué mejor manera podría terminar una película sobre la vida de un artista a los ojos de otro creador? Posiblemente mostrando su obra; cuando además a eso le precede un epílogo lleno de fuerza poética, la experiencia cinematográfica resulta plena… Esto es lo que sucede con el episodio final de la campana en el Andrei Rublev de Tarkovski (1966).


Nos encontramos ante una verdadera obra maestra donde este genial cineasta trasciende de la biografía del personaje real y su contexto histórico para trasladarnos una reflexión contemporánea sobre el sentido de la existencia y la función transformadora del arte. Siendo el cine una expresión concentrada de la realidad, no importa que sea poco lo conocido sobre la vida del mayor iconógrafo ruso; el guión de la película se estructura a modo de un ciclo de frescos donde cada episodio -que ilustra una idea más que un acontecimiento- se puede entender por sí mismo y/o en relación a los demás.

Con este extenso epílogo, se pone de manifiesto el profundo trabajo de documentación que acompañó durante tres años a la redacción del guión de la película: localización de los enclaves históricos (como la célebre ciudad de Suzdal donde transcurre este epílogo) y consulta de las fuentes originales (por ejemplo, en el impecable e interesantísimo proceso de construcción de una campana); en concreto, merece la pena destacar la aportación del arquitecto Eugeni Tchernaiev en la dirección artística. Si bien la fotografía es en blanco y negro, se huye de una sensación historicista de la narración por medio de una ambientación pretendidamente descontextualizada de referentes arqueológicos o museográficos, que podrían haber marcado una distancia cronológica entre mentalidades o formas de vida.

La clave interpretativa de esta película reside en que Tarkovski se identifica con este pintor, un monje ortodoxo de finales del siglo XIV que debe marchar a Moscú para pintar los frescos de la Catedral de la Asunción del Kremlin; el viaje catártico emprendido al salir de su celda, a través del encuentro con diversos personajes en un período convulso de la historia de Rusia, le hará reparar en la debilidad de sus creencias y sus obras si no están encarnadas. La crisis de fe del “Rublev fílmico” lo conduce a una crisis artística por la que se niega a pintar lo que esperan de él (llamémoslo “realismo dirigido” en el caso del director), e incluso a hablar (sea una metáfora de la censura impuesta a Tarkovski por el Goskino); dando a entender que nada tiene que decir que pueda hacer mejor el mundo.

Pero también con este epílogo Tarkovski se reconoce en Boriska, un adolescente, huérfano de un constructor de campanas y único superviviente de la peste que, sin conocer el secreto gremial para su fabricación, consigue el encargo de un príncipe. Resulta emocionante acompañarlo a lo largo de todo el proceso sabiendo que el fracaso puede suponer su propia muerte; pero se aferra a una fe que ni el mismo Rublev posee. Se cuenta que Tarkovski hizo correr el rumor de que Nicolai Burlaiev (el actor protagonista de La infancia de Iván)  no daba el perfil para el papel, consiguiendo con ello presionarle para que experimentara la angustia de su personaje y la trasladara a la pantalla.

Por eso, cuando finalmente la campana suena, el muchacho rompe a llorar por la tensión acumulada y el mismo Rublev se conmueve, se siente perdonado y rompe a hablar para hacerle ver la felicidad que ha trasladado a la gente con su obra. Por un lado, se trata de una especie de parábola de los talentos que destaca que el verdadero pecado de Rublev no fue la lujuria, la cobardía, el asesinato… sino el negarse a hacer uso del don recibido por Dios; por el otro, recuerda el Salmo 126 Nisi Dominus, en el que “si Dios no construye la casa, en vano trabajan los albañiles”. Andrei y Boriska, el anciano y el joven, el pintor y el campanero, el monje y el huérfano, el pecador y el inocente se encuentran para proseguir un camino interior juntos en el que Rublev pinte iglesias y Boriska construya campanas... 


domingo, 17 de marzo de 2013

El tiempo sellado

Éste es el título original del sugerente libro que sobre arte, estética y poética del cine escribió el director Andrei Tarkovski (1932-1986). Si crucial ha sido su aportación a la historia del cine con tan sólo siete películas, estas notas escritas a lo largo de su carrera resultan imprescindibles para comprender su novedosa y revolucionaria teoría del cine. Para quien lo concibe como un medio de expresión propio no sería coherente intentar explicar con palabras lo ya dicho por medio de imágenes; pero, al contrario de como pudiera esperarse, estas reflexiones no están encaminadas a justificar o explicar sus creaciones sino que se muestran como un ejercicio personal de discernimiento sobre la finalidad del arte y el proceso creador.

Para Tarkovski, el cine no es literatura, pintura, fotografía, música… -nisiquiera una “obra de arte total” que las abarque a todas-, aunque se valga de un guión, el color, los encuadres, los sonidos… como recursos técnicos; quiere alejar el “hecho fílmico” de cualquier manifestación artística aunque se valga de ella. En verdad, la esencia del cine es la de que el espectador viva el tiempo no vivido; lo ideal sería poder reproducir la vida de una persona tal cual es pero, no siendo posible, Tarkovski la concentra cinematográficamente compartiendo a través de los hechos las sensaciones vividas. Por lo tanto, la especificidad del cine reside en su capacidad de “esculpir en el tiempo” (título español de la obra) las relaciones sutiles entre los fenómenos de la vida.

De este modo, la presencia recurrente del agua -en sus múltiples manifestaciones- o de caballos en su obra no representa un símbolo cerrado (no tiene un significado concreto forzado) sino que es una imagen expresiva que invita a intuir poéticamente una realidad trascendente y experiencial común a todo ser humano, por encima de códigos culturales (estilos o ideologías). Esto lo conduce al compromiso ético del artista para proclamar la condición transformadora del arte como desvelamiento de la verdad. En la práctica se traduce en el sentido abierto de unas películas que transforman en co-creador al espectador, el trabajo psicológico de los actores, su menosprecio de la idea de género cinematográfico, su huida de la narración discursiva, la selección intencionada del sonido ambiente…

La genialidad de esta figura consiste en plantear las grandes cuestiones del hombre trascendiendo de su propia biografía (aunque sea inevitable que subyazca en su obra) y superando la triple censura a la que fue sometido por las autoridades soviéticas (en el guión, montaje y distribución). Por todo esto, “El tiempo sellado” es un libro único, no tanto para leer lo que decía Tarkovski de sus propias películas, como para enriquecerse con la hondura y claridad de sus pensamientos sobre cine y cultura.

Filmografía:
- La infancia de Iván (1961); lo tremendo de cualquier conflicto armado
- Andrei Rublev (1966); la condición sufriente del artista que busca la belleza/verdad desde la realidad vivida
- Solaris (1972); el conflicto moral entre la conciencia y la responsabilidad
- El espejo (1974); recuerdos de su propia vida
- Stalker (1979); el problema de la fe en la tensión dialéctica entre lo originario y lo racional
- Nostalghia (1983); el sentido de identidad o el sentimiento de pertenencia a un lugar
- Sacrificio (1986); la búsqueda de la felicidad